La Morenita, siempre presente

El obispo Michael C. Barber, SJ, reconoció una imagen de Nuestra Señora de Guadalupe en la puerta de una tienda en Santa Helena. Foto Cortesía REV. MICHAEL C. BARBER, SJ

El obispo Michael C. Barber, SJ, reconoció una imagen de Nuestra Señora de Guadalupe en la puerta de una tienda en Santa Helena. Foto Cortesía Rev. Michael C. Barber, SJ

Obispo comparte Homilía tras peregrinación diocesana en honor a la Virgen de Guadalupe

 

A continuación el mensaje del obispo:

Hace unas semanas, después del Día de Acción de Gracias, un amigo sacerdote que vive lejos vino a visitarme, y aproveché un día para llevarlo a conocer la zona de Napa.

Estábamos caminando por el centro de Santa Elena, cuando vi, en la puerta de una tienda, en la parte de arriba, una imagen muy hermosa de la Virgen de Guadalupe. Saqué mi teléfono para tomar una foto, y le dije a mi amigo: ¡tenemos que entrar a esa tienda! Por mera casualidad, resulta que era una tienda de vinos, un lugar para hacer wine-tasting, para probar vinos (que conste que fue pura casualidad). Se llama Orin Swift.

Empezamos a hablar con el encargado y le dije: “¡Ustedes tienen a la Virgen María en la puerta!” El me contestó: es la Virgen de Guadalupe, y nosotros hemos creado un vino en honor a ella, y la totalidad de las ventas de ese vino las donamos para ayudar a los trabajores de los campos y a sus familias. ¿Quiere probar un poco? Eran apenas las diez de la mañana, y no estaba muy seguro, pero le dije: ¡claro que sí!

El vino estaba muy bueno, y aunque no era barato, compré una botella, para ayudar a las personas que trabajan en el campo. El nombre del vino es La Veladora.

Luego me quedé pensando: ¿cuánta gente que compra ese vino y mira la etiqueta con la imagen de la Virgen, van a sentírse atraídos hacia su amor de madre?

Obviamente el dueño de la tienda conoce y ama a María, y sabe que ella es su Madre, y por eso fabricó ese vino, y también por eso distribuye las ganancias a otros Hijos de la Virgen, los más necesitados.

Para mí, éste es el significado más profundo del acontecimiento Guadalupano: que ella se nos muestra a todos como Madre.

Recuerdo la historia de la Iglesia en México. Cómo los franciscanos llegaron de España a principios del siglo dieciséis, y trataron de convertír a los Aztecas. Los padres trabajaron muy duro, pero después de veinte años casi no había convertidos.

Y entonces Nuestra Señora se apareció en el Tepeyac, y en unos diez años todo México se había convertido a la fe Católica: nueve millones de personas. Todos ellos encontraron a la Madre del Cielo, quien los atrajo para que pudiéran conocer y amar a Jesús, y a través de El, llegar al Padre.

El Papa Juan Pablo II llamaba a la Virgen de Guadalupe “Estrella de la Nueva Evangelización”. La miramos de pie, sobre la luna, vestida de sol. No es casualidad que para los Aztecas el sol y la luna eran divinidades.

Y María les revela la verdad cuando le dice a Juan Diego: Yo soy la Virgen María, Madre del Dios verdadero, Madre del Dios por quien se vive.

A través de los símbolos de la tilma, María ha mostrado que ella está por encima de los elementos naturales, de los elementos cósmicos que los Aztecas adoraban: dioses que exigían sacrificios de sangre, sacrificios humanos. María, en cambio, se muestra como la Madre de un Dios que no exige nada más que amor.

Santa Teresa de Avila decía: “Donde no hay amor, pon amor y encontrarás amor”. Nosotros podríamos decir: “Donde no hay amor, pon la Imagen de la Virgen de Guadalupe, y encontrarás amor.” Encontrarás siempre el amor de una Madre.

Recientemente estaba en un restaurante en San Francisco (claro, ahora seguramente todos van a pensar que me la paso tomando vino y comiendo todo el tiempo, pero no). Bueno, el mesero era muy amistoso y cuando vio mi camisa de sacerdote me preguntó que si yo era un padre Católico. Le dije que sí. Y entonces me preguntó si podía hacerle un favor: “Hay un amigo en la cocina, atrás, el que lava los platos. Su mama murió hace unos días y está muy triste. ¿Podría ir a la cocina y hablar con él?

Claro, le contesté yo. Me llevó a la cocina, a la parte donde se lavan los platos. ¡El muchacho estaba tan feliz de ver a un padre! Me contó que su mama había muerto y quería mandar decir una Misa por ella, pero que no sabía donde ir, porque no era miembro de ninguna Parroquia. Entonces yo anoté el nombre de la señora y le prometí que ofrecería mi siguiente Misa por su querida madre.

Y entonces fue cuando vi que el joven tenia en la pared, sobre la máquina para lavar platos, una imagen grande de Nuestra Señora de Guadalupe. Ella, la madre. El, su hijo.

Así es que desde las tiendas en Napa hasta los lugares para lavar platos, en nuestras casas y autos, en las aulas, tiendas e Iglesias, aquí, en México y a lo largo del Continente, y aún más allá, todos somos testigos de algo en común: La Virgen María es nuestra Madre, y la amamos.

¡Que viva la Virgen de Guadalupe!